Anoche, Las Vegas volvió a ser el epicentro del petardeo y la consagración con la gala de los American Music Awards, donde Cardi B barrió para casa sin contemplaciones. La del Bronx se llevó el galardón a Mejor Canción de Hip-Hop por “ErrTime”, dejándoles con un palmo de narices a pesos pesados como Drake con su “NOKIA”, o la colabo de Gunna y Burna Boy en “wgft”. Ni siquiera el “Rather Lie” de Playboi Carti y The Weeknd, ni la trupe de YKNIECE junto a Quavo, Metro Boomin y Breskii en “Take Me Thru Dere” pudieron hacerle sombra. El guion se repitió en la categoría de Mejor Álbum de Hip-Hop, donde su último proyecto pasó por encima del OCTANE de Don Toliver, The Last Wun de Gunna, MUSIC de Playboi Carti y MASA de YoungBoy Never Broke Again. Otra muesca más en el revólver de una carrera que ya no necesita presentación.
Pero la gala dio para mucho más que repartir estatuillas. Tras un largo parón, los chicos de BTS volvieron por la puerta grande: abrieron el show, se coronaron como Artistas del Año y, al recoger el premio a la canción del verano por “SWIM”, su líder RM nos soltó un consejo que ni pintado para los tiempos que corren: “Sigan nadando”. Mientras Katseye daba la campanada como artista revelación, Justin Bieber y Sabrina Carpenter se repartieron el pastel del pop en las categorías masculina y femenina. La alfombra roja, por su parte, fue una sobredosis de nostalgia en vena. Tuvimos a las Pussycat Dolls enfundadas en látex rojo como si siguieran en 2005, a Hilary Duff destellando en plata, y a una Queen Latifah que, además de presentar el cotarro con nota, se paseó con un abrigo de piel que ocupaba media pantalla. Por haber, hubo hasta reencuentros sorpresa de los Black Eyed Peas y los New Kids on the Block, además de Chrissy Teigen lidiando con el ya clásico desliz de vestuario frente a los flashes.
De sequías históricas y frentes abiertos
Y hablando de sequías que llegan a su fin, a casi cuatro mil kilómetros de los neones de Nevada, la locura se desataba en las canchas de baloncesto. 27 años, que se dice pronto, han tenido que esperar los Knicks para oler unas Finales de la NBA. Barrieron a los Cavaliers en el cuarto partido de las finales del Este, imponiendo su ley de principio a fin. Jalen Brunson, coronado MVP de la eliminatoria sin que a nadie en la grada le extrañase lo más mínimo, tiró de galones y de esa falsa modestia que tanto gusta en el deporte: “Sin mis compañeros, yo no estaría aquí”.
Ese “seguir nadando” que pregonaban en Las Vegas bien podría aplicarse al avispero geopolítico internacional. Mientras Estados Unidos jaleaba a sus ídolos pop y deportivos, la resaca de los ataques aéreos estadounidenses en el sur de Irán monopolizaba las portadas serias. El Secretario de Estado, Marco Rubio, ha tirado por tierra cualquier esperanza de resolución rápida, asegurando que un pacto con Teherán sigue siendo poco menos que inalcanzable. Por su parte, Donald Trump, fiel a su política de dar una de cal y otra de arena, tiraba de redes sociales para afirmar que las conversaciones iban “estupendamente”, no sin antes soltar la consabida amenaza de lanzar nuevos bombardeos si la cosa se tuerce.
Esta enésima escalada bélica ya le ha cobrado peaje político a más de uno en casa. El congresista republicano Thomas Massie, que tuvo sus más y sus menos con el presidente precisamente a cuenta de la intervención en Irán, acaba de perder las primarias frente a un rival apadrinado por el propio Trump. ¿Su respuesta al varapalo? Inscribirse a los pocos días para intentar recuperar su escaño por Kentucky de cara a 2028. El que la sigue, la consigue. O al menos lo intenta.
El alma frente a la máquina
En medio de todo este ruido de sables y discursos de trincheras, desde el Vaticano ha llegado un movimiento tectónico. El papa León XIV acaba de publicar “Magnifica Humanitas”, su primera encíclica, y ha ido directo a la yugular de la historia. En un documento sin precedentes, ha pedido perdón públicamente por el papel de la Santa Sede a la hora de legitimar la esclavitud, tejiendo un manifiesto que también pone el foco en la urgencia de salvaguardar nuestra propia humanidad ahora que la inteligencia artificial empieza a dictar las normas del juego.
Y de humanidad y alma, precisamente, sabía un rato largo Sonny Rollins, que nos acaba de dejar a los 95 años de edad. El mítico saxofonista tenor, neoyorquino hasta la médula y padre de himnos inmortales del jazz como “St. Thomas” o “Oleo”, cierra una trayectoria de siete décadas de soplidos que ya son historia viva de la música contemporánea. En 2020, con una lucidez pasmosa, dejó caer una frase que hoy resuena con la fuerza de un epitafio perfecto para cerrar la semana: “Mi cuerpo se convertirá en polvo, pero mi alma vivirá para siempre”. Y poco más queda por añadir.