Mientras Europa debate los límites del ocio nocturno y la seguridad, una discoteca en el corazón de Beirut se convierte en el epicentro de una paradoja cultural y religiosa. Allí, entre bajos retumbantes y luces estroboscópicas, la figura que controla la mesa de mezclas no busca la subversión anárquica, sino la evangelización. Se trata de Guilherme Peixoto, conocido mundialmente como el Padre Guilherme, un sacerdote portugués que ha difuminado la frontera entre la liturgia y la pista de baile, desafiando la concepción tradicional de lo que significa una fiesta de música electrónica.
El estigma de la ‘rave’ y la mano dura en Europa
Para comprender la magnitud de lo que ocurre en las sesiones del Padre Guilherme, es necesario entender el contexto hostil que rodea a la cultura rave en el continente europeo. Tradicionalmente, una rave se distingue radicalmente de un festival comercial; suele ser un evento no oficial, organizado sin permisos en terrenos ocupados, naves industriales abandonadas o al aire libre. Este fenómeno, que hunde sus raíces en el Soho londinense de los años 70 y resurgió con fuerza a finales de los 80 al abrigo del acid house, siempre se ha mantenido bajo el manto de la contracultura.
La asociación frecuente de estos eventos con el consumo de estupefacientes y la falta de control ha puesto en alerta a las autoridades. Un ejemplo reciente y contundente es la política de tolerancia cero impuesta en Italia. Tras una concentración masiva en Módena que encendió las alarmas por problemas de seguridad pública, el gobierno de Giorgia Meloni optó por prohibir este tipo de fiestas, marcando una línea dura contra lo que consideran focos de ilegalidad. Sin embargo, lo que para Meloni es un problema de orden público, para el Padre Guilherme es un “nuevo instrumento” para alabar al Señor.
Un alzacuellos tras los platos
Lejos de la clandestinidad de las naves ocupadas, el Padre Guilherme, de 52 años, opera a plena luz —y oscuridad— pública. Su perfil dista mucho del estereotipo del DJ underground. Párroco en una aldea del norte de Portugal, Peixoto salta del altar a la cabina, predicando de día y pinchando de noche. Su salto a la fama global no fue en un sótano ilegal, sino ante millones de fieles: actuó en la Jornada Mundial de la Juventud de 2023, teloneando al Papa Francisco, y repitió experiencia con el Papa León en 2025.
Lo que comenzó como una iniciativa humilde para recaudar fondos para iglesias locales se ha transformado en una herramienta vital de evangelización que le ha granjeado 2,6 millones de seguidores en Instagram. “El Salmo nos pide alabar al Señor con todos los instrumentos, y ahora tenemos este nuevo instrumento que es la música electrónica”, declaraba antes de oficiar una misa en la Universidad San José de Kaslik, en el Líbano.
Polémica en Tierra Santa
Su reciente parada en Beirut, sin embargo, puso de manifiesto que no todos están preparados para esta fusión de dogmas y beats. El Líbano, un país pequeño en la costa oriental del Mediterráneo con la mayor proporción de cristianos de Oriente Medio —principalmente católicos maronitas—, vive una realidad compleja, marcada por crisis políticas y el temor a una escalada bélica entre Israel y Hezbolá. En este escenario, la visita del cura DJ generó una división palpable.
Un grupo de dieciocho personas, incluidos oficiales religiosos, presentó una petición judicial para cancelar el evento, tildándolo de insulto a la fe y “blasfemia”. Las críticas en redes sociales fueron feroces: “No creo que Dios quisiera que su mensaje se redujera a un espectáculo musical con escenas de alcohol y humo”, sentenciaba un usuario libanés en la plataforma X. A pesar de la presión, un juez desestimó la solicitud, permitiendo que el espectáculo continuara, aunque bajo condiciones estrictas pactadas con la sala para evitar ofender sensibilidades: seguridad reforzada y ausencia de símbolos religiosos físicos.
La comunión electrónica
Finalmente, la noche cayó sobre el club AHM de Beirut. Respetando el acuerdo, Peixoto no vistió su tradicional sotana, una imagen que suele ser su sello de identidad, pero el mensaje permaneció intacto. Mientras cientos de jóvenes vitoreaban, las pantallas gigantes tras la cabina proyectaban imágenes del difunto Papa Francisco, de Juan Pablo II y palomas blancas, en una liturgia visual que acompañaba al ritmo.
El sacerdote, que también aprovechó para ondear una bandera libanesa ante la multitud eufórica, parece haber encontrado una vía para conectar con una juventud que, según sus defensores, necesita nuevos lenguajes. El Papa León XIV, durante su visita al país en noviembre, había hecho un llamamiento a la paz y al diálogo; el Padre Guilherme, a su manera, intentó traducir ese mensaje al lenguaje universal del techno, demostrando que, a veces, la distancia entre una rave prohibida y una misa multitudinaria es solo cuestión de quién pone la música.